
Nos estamos autoengañando. No queremos ni nuevas centrales eléctricas, ni queremos subidas en el precio de la electricidad. Mientras tanto, la demanda de electricidad va subiendo a un ritmo imaprable. En tan sólo una década la demanda se ha incrementado en un 60%. El crecimiento de la demanda explicado por el crecimiento de la economÃa, que podÃa aproximarse por el crecimiento acumulado del PIB explica buena parte de este crecimiento. Pero ni mucho menos lo explica en su totalidad.
Si no queremos que apagones como el del pasado lunes en Barcelona empiecen a ser habituales, debemos empezar a trabajar ya para adaptar la demanda con la oferta. Debe ampliarse la capacidad de la red, con nuevos generadores y también mejorar la red capilar. Y, vista la evolución de los combustibles fósiles y su contribución al calentamiento global, empezar a reabrir el debate sobre el futuro de la fisión nuclear.
Y la siguiente medida para compensar la demanda con la oferta pasa por abandonar la polÃtica de la electricidad barata que se ha venido practicando durante esta última década. Bajar los precios de la electricidad como medida polÃtica quizá tenÃa su sentido a finales de los noventa, en pleno proceso de convergencia para poder entrar en la Unión Monetaria. El precio del KWh para el usuario doméstico es actualmente, sin tener en cuenta el efecto de la inflación, un 8% más barato que en el año 1996. Si tomamos en cuenta el 40% de inflación del periodo, ello quiere decir que estamos pagando casi un 50% menos que hace una década, cuando no hay ninguna razón objetiva que lo justifique, empezando por los precios del petróleo.

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